
Desde hace unos días no puedo sacarme de la cabeza una parte de mi historia que significó mucho para mí.
Por eso, me decidí a a compartirla con Ustedes, amigos.
En 1975, con apenas dieciséis años, tuve la oportunidad de trabajar un par de horas diarias en una biblioteca popular de mi barrio -Mataderos-, atendiendo al publico de 18 a 20 hs. , sin pensar -por entonces- que esos años en los que colaboré con la institución, pasarían a formar parte de los recuerdos más intensos de mi vida.
La biblioteca, asociación vecinal, fundada en 1917, había conocido mejores épocas, en cuanto a la participación de la gente.
Contaba con más de 16.000 volúmenes, un salón muy cómodo, un escenario real con camarines y todo y en la parte posterior del edificio funcionaba un jardín de infantes.
Era la Biblioteca Popular José Enrique Rodó. La Rodó.
Sin darme cuenta de lo que estaba haciendo, poco a poco fui sintiéndome parte del lugar, con ese entusiasmo que sólo se tiene de adolescente.
A los pocos meses, junto a un amigo, Ricardo, comenzamos casi jugando a ayudar a hacer las tareas a chicos de primaria, ya abríamos durante cuatro horas, logramos donaciones de libros y material de diversas instituciones y embajadas.
En el 77 mis ganas de estudiar teatro, me llevaron a insistir e insistir frente a la comisión directiva para que a las clases de folklore tradicionales de la Rodó, se agregasen de teatro, con lo que se formó un grupo interesante.
La rodó era nuestra segunda casa, por entonces.
En el verano del 77 re inventariamos y restauramos los más de 17000 volúmenes.
Dedos horas todos los días en el 75, durante las cuales pasaban cuatro o cinco personas diarias, pasamos a tener decenas de visitantes.
No quiero contarles esto como un logro personal, porque no sería verdad. La directiva se hizo cómplice de aquel loco y sus amigos y nos abrió las puertas, apoyándonos, aun cuando algunas ideas fuesen algo delirantes.
Un día tuve que irme. Había llegado 1978 y el maldito servicio militar.
Fue un día, al volver de franco, que encontré a mi madre muy preocupada por no parecerlo. La conocía: era la vieja...
Al final no tuvo más remedio que contármelo. Habían incendiado a la rodó. Los milicos, claro.
No puedo describir lo que sentí.
Recién hace unos días que pude pasar por el frente, no me lo permitía.
La reconstruyeron. No estaba abierta en ese momento. Pero desde ese instante, no puedo sacármela de la cabeza.
Pronto voy a hacer una visita.
Tengo ganas de hacer algo. Lo que sea que pueda hacer hoy con mis cincuenta años, para devolverle a esa institución todo lo que me dió, simplemente dejándome dar.
Y, claro, les voy a contar.